Rengo al Día

El verano antes de las piscinas

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    A propósito del verano que corre a paso largo y caluroso quiero recordar que antes que Rengo tuviera una piscina municipal, y antes de la irrupción de las piscinas prefabricadas, la solución contra la canícula eran el río Claro y los canales de riego. Los chiquillos de entonces nos las arreglábamos, incluso las mujeres, yendo a esos sitios, a los cuales hoy deben recurrir muy pocos, creo yo, y sólo en el campo.

    Cuando vivíamos en la Estación, nuestro recreo estaba en el fundo “La Primavera”. Este nos quedaba al surponiente del recinto, atravesando el Camino Longitudinal e internándose otro poco por el fundo. Así llegábamos al “Tronco”, que se llamaba así porque a unos 30 metros del pequeño puente que había para cruzar y seguir para adentro, y a la orilla del canal (creo que se llama Población, no estoy seguro) estaban los restos de un sauce. Era bajo y grueso, según lo que recuerdo, y de él nos lanzábamos en picada al curso del agua. ¿La hondura sería de un metro?

    Allí solíamos competir por quién llegaba primero al puente, nadando en la forma que se quisiera, a “lo perro” o en un estilo más elegante. También competíamos por quién llegaba más allá por debajo del agua. A veces íbamos al mismo canal, pero un poco más al norte, lo que era ya otro fundo, a un punto donde el agua se represaba ante la boca de un grueso cañón de fierro fundido. Esta represa era más ancha, ¡casi una piscina! Por razones obvias a ese “balneario” le llamábamos “El Cañón”. Allí sólo los valientes se atrevían a pasar por el tubo para el otro lado. Yo, lo confieso, no me atrevía.

    Por los canales a veces pasaban animales muertos y otras mugres que caían accidentalmente o que la gente botaba por mala costumbre. A veces el agua se teñía de un tono achocolatado porque los derrames de algún riego –nos explicaban los que sabían– volvían al canal. Pero la gran recompensa era que siempre al borde de esos cursos de agua crecían la menta, los motos y otras hierbas aromáticas. Esa fragancia, creo yo, nos aromatiza los recuerdos del verano a todos los chiquillos de ese tiempo.

    Cuando mi familia se mudó al 728 de la calle Prat, cerquita de Riquelme, con los amigos que hicimos allí con mi hermano Lalo nos íbamos a Mendoza, junto al puente o más arriba, donde se hacían buenas y profundas pozas. Nos quedaba lejos y no había locomoción que nos sirviera –ni bicicletas–; por tanto, regresábamos a casa tipo seis de la tarde por las sombras de las casas para capearle al sol. Pero igual llegábamos asorochados. ¿Cómo no, con esas tremendas caminatas? ¡Qué  manera de refrescarnos! En esas pozas nos encontrábamos con más gente que en los canales; gente de La Isla, “del pueblo” y otros puntos.

    Más abajo el gran balneario estaba en Lo Cartagena (donde me imagino que está todavía). Y más abajo había buenas sombras y buenas pozas a la altura de Salsipuedes y otros puntos. Allá solíamos ir en algún vehículo, cuando el país ya no era tan pobre y no era tan difícil que en las familias se apareciera alguien con auto o camioneta. ¿Y por qué no en camión, si en esos tiempos el camión lo usaban incluso las delegaciones deportivas? Pero esto ya es tema para otro artículo, ¿no les parece?

 Eugenio Rodríguez

Comentarios  

 
+1 #1 SEBASTIAN MUSSA 31-01-2012 19:33
Nosotros también capeábamos el calor en el fundo La Primavera, una pequeña caída de agua en un canal de regadío donde nosotros le llamábamos orgullosamente “las Cataratas”…casi una hora de caminata nos llevaban al anhelado lugar, salíamos de la P2 un lote de pelusas , entre otros, los González, los Peña y Lillo, , los Riquelme , los Mussa, los Medina, los Leyton, los Saavedra y muchos otros que en este minuto se me escapan. Atravesábamos todo Rengo, cruzábamos la línea del tren y nos adentrábamos al fundo la primavera para luego cruzar “el camino nuevo” dos potreros más y estábamos en nuestro codiciado balneario, sudando entero comiendo ciruelas calientes, que sacábamos a la pasada de unos árboles cerca de la estación.
En una oportunidad Juan Esteban Leyton se lanzó un piquero, con tan mala suerte que tocó fondo y se rompió la cabeza, sangraba profusamente y llorando gritaba “diosito diosito, si me muero mi mamá me va a pegar “
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